Monday, October 02, 2006

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Ya llevamos seis días en el Distrito Federal. Nos habían dicho que la ciudad era tan grande como peligrosa o contaminada. Yo había creído que se trataba de una versión tamaño familiar de la ciudad de Lima; ósea que en lugar de tener ocho millones de problemas, aquí podría uno encontrar veintidós. Sin embargo, ya en el hotel, caí en cuenta de que mis comparaciones habían estado muy lejos de la realidad. lo que mas llamó mi atención fue el Metro, que seguramente el sistema de transporte rápido interconectado que todas las ciudades extensas poseen. El problema del tráfico debe ser serio aquí; existen muchas avenidas anchas de mas de seis carriles, muchos pasos a desnivel que segmentan y aíslan cada pedazo de la ciudad.
Es sábado, nuestro sexto día y nuestro recorrido ha sido, del hotel al Centro de Capacitación y viceversa. No nos habíamos aventurado a salir solos del edificio, y cuando lo habíamos hecho fue para comprar alguna cosa muy necesaria y en grupo. Caminábamos a paso apresurado, mirando a todos lados y regresábamos en cuanto comprábamos lo que habíamos salido a buscar. Sin embargo nuestro temor común a la desconocida urbe aceleró nuestro proceso de socialización. Ahora uno comprende como es que dentro de la evolución humana, se formaron las hordas, de allí las tribus, de allí las familias y de allí las ciudades; ciudades como esta, donde la mayoría debe perseguir un fin común.
Es sábado, y estas tres personas que dos semanas atrás se encontraban separadas por enormes distancias y fronteras muy delimitadas, regresan juntas al hotel atravesando las mismas aceras debajo del paso a desnivel, pero con una actitud diferente: Han acariciado la textura de la libertad. El Argentino, el Colombiano y el Peruano, lograron regresar del centro de la ciudad, conocido como el Zócalo, solos por primera vez. Tuvieron que elegir entre dos alternativas: Regresar al hotel con todo el grupo y seguir con la venda en los ojos, o quedarse un rato más en el centro, caminando por las aceras que estaban siendo salpicadas por la lluvia. Caminaron entre cafés y tiendas de departamentos, entrando de vez en cuando a alguna tienda de instrumentos musicales. El argentino comenta que existe en esta ciudad una tienda que vende, ella sola, el equivalente a todo lo que compran en instrumentos musicales todos los demás países latinoamericanos juntos. El colombiano, que es un aficionado a la batería anda mirando un juego de platillos, y yo ando mirando guitarras y ojeando una que otra partitura.

Regresamos por el camino que habíamos andado dirigiéndonos hacia el palacio de Bellas Artes, una vez allí, buscamos la estación del metro que en este punto es subterránea. El plano de la red de recorridos nos indicó que tendríamos que hacer un trasbordo tres estaciones adelante y que después de dejar nuestra última estación en frente de la Ciudad Deportiva, tendríamos que tomar un microbús hacia el hotel. Una “pesera”.

Todo salió como lo habíamos planeado, salvo la excepción que tuvimos que esperar casi diez minutos que aparezca sobre la calle oscura y casi desierta, mientras luchábamos contra nuestros temores y huíamos de nuestras dubitaciones, al microbús que nos dejaría en cinco minutos sobre el paso a desnivel que se encuentra enfrente de la puerta del hotel.

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