Tuesday, October 10, 2006

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El viaje a México DF duró cinco horas y media, y tuve que estar en el aeropuerto tres horas antes de la salida, pues dejaría la ciudad de Lima la madrugada del veinticuatro juntamente con el invierno. Llegué al aeropuerto muy emocionado. Mis viejos vinieron especialmente desde mi cerro querido a despacharme, más emotivos que yo. Me preguntaba cada momento mientras viajaba en el taxi, pensaba en que si experiencia seria como meterse un pucho de marihuana, tal vez tendría que taparme la boca mientras el avión aterrizaba, ya que quizás estaría cagándome de la risa con los ojos desorbitados; porque a diferencia del Coco que se quedaba “colgado” con el animo por los suelos, yo reía como loco después de meternos un puchito. Un wirito.

Presumía que la última lluvia de invierno salía a despedirse también, las calles andaban mojadas y el limpiaparabrisas del automóvil bailaba una y otra vez mientras yo escuchaba a mi madre decir que me levantara temprano, que me bañara todo los días y que no me descuidara de los alimentos. El sol llegó antes que yo al aeropuerto. Me pasé toda la noche en vela, pensando en lo irónica que se comporta usualmente la vida; seguramente me habría una tocado maestría en música cuando hubiera estado buscando una especialización en mi carrera, sin embargo esta vez me negaron la maestría en tecnología musical y obtuve un postgrado en robótica. Pero el echo de que me iba a subir por primera vez a un avión, hizo que no pensara dos veces en renunciar al empleo en el Ministerio de Salud y tramitara la visa, la visa para un sueño casual. En fin cualquier cosa sería mejor a estar sentado detrás de una computadora haciendo expedientes técnicos que siempre serían rechazados o corregidos y firmando papeles como enajenado, de lunes a viernes de nueve a nueve envuelto con una corbata y una camisa sudorosa.

Llegué al aeropuerto y me fui directamente a recoger los boletos que habían sido mandados desde México, yo no podría pagarme un viaje como este, y creo que mi país tampoco. El lugar a diferencia de las películas donde hay mucho movimiento y los actores andan emocionados en primer plano corriendo de un lugar a otro; allí no es así, el lugar es grande, frió y gris, la gente además de estar soñolienta, haciendo fila mientras el agente de aduana le revisa una y otra vez el equipaje, lleva un animo de aburrimiento. Los agentes también lucen un malestar, el de hacer el mismo procedimiento una y otra vez, seguramente todos los días, la rutina les ha borrado la expresión de seriedad e incorruptibilidad que lucen los de las películas. Las mujeres jóvenes y bonitas que atienden en la agencia también lucen soñolientas, al parecer el único que luce una cara de admiración y emoción soy yo. La misma cara de "huevon de siempre".

En la sala de espera, que sólo contiene a los pasajeros del vuelo el panorama es similar. Hay unos orientales que conversan mirando una y otra vez los objetos que se llevan del país. Los miro y sólo pienso en que esto tipos se pasarán todo el año trabajando de nueve a nueve y en el receso salen a gastar el dinero bien ganado en un país tercermundista donde al fin los nativos los traten como personas.

Antes de que treparme a la nave conjuntamente con mis compañeros de viaje por el pasadizo en forma de gusanito, lo hace un hombre alto de apariencia europea vestido como militar a lado de una rubia exuberante y tres personas más , la tripulación. El avión no es tan grande como luce por fuera, es como un autobús interprovincial, pero con tres asientos en cada lado. Como fui el ultimo en recoger los pasajes, tengo un lugar privilegiado en la clase económica: la ultima fila. La primera clase tiene solo dos a cada lado. Mi asiento esta a lado del a la derecha junto a la ventana. Tuve que llevar el equipaje de mano, incluyendo la computadora portátil sobre mis rodillas, porque en el guardamaletas que me correspondía estaban las cosas de la tripulación. Cuando el avión se echo a andar me sentí como si estuviera volviendo al futuro de Michael J. Fox.Hcia otro mundo. El vehiculo da vueltas sobre la pista hasta tomar una velocidad considerable y luego dobla las alas para dejar el piso. Lamentablemente no se siente como se esperaba, se trata nada más y nada menos de un ascensor común y corriente, sólo que la ciudad se va poniendo cada vez más pequeñita antes de ser cubierta totalmente por un enjambre de nubes. Mientras el avión se ponía horizontalmente pensé finalmente ya suspendido en el aire que tendría que suplir el desaire del primer vuelo en avión buscando ya en el DF un proveedor de marihuana y a un amigo, que mientras yo me estuviera cagando de la risa, se quedara colgado.

Tuesday, October 03, 2006

Monday, October 02, 2006

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Ya llevamos seis días en el Distrito Federal. Nos habían dicho que la ciudad era tan grande como peligrosa o contaminada. Yo había creído que se trataba de una versión tamaño familiar de la ciudad de Lima; ósea que en lugar de tener ocho millones de problemas, aquí podría uno encontrar veintidós. Sin embargo, ya en el hotel, caí en cuenta de que mis comparaciones habían estado muy lejos de la realidad. lo que mas llamó mi atención fue el Metro, que seguramente el sistema de transporte rápido interconectado que todas las ciudades extensas poseen. El problema del tráfico debe ser serio aquí; existen muchas avenidas anchas de mas de seis carriles, muchos pasos a desnivel que segmentan y aíslan cada pedazo de la ciudad.
Es sábado, nuestro sexto día y nuestro recorrido ha sido, del hotel al Centro de Capacitación y viceversa. No nos habíamos aventurado a salir solos del edificio, y cuando lo habíamos hecho fue para comprar alguna cosa muy necesaria y en grupo. Caminábamos a paso apresurado, mirando a todos lados y regresábamos en cuanto comprábamos lo que habíamos salido a buscar. Sin embargo nuestro temor común a la desconocida urbe aceleró nuestro proceso de socialización. Ahora uno comprende como es que dentro de la evolución humana, se formaron las hordas, de allí las tribus, de allí las familias y de allí las ciudades; ciudades como esta, donde la mayoría debe perseguir un fin común.
Es sábado, y estas tres personas que dos semanas atrás se encontraban separadas por enormes distancias y fronteras muy delimitadas, regresan juntas al hotel atravesando las mismas aceras debajo del paso a desnivel, pero con una actitud diferente: Han acariciado la textura de la libertad. El Argentino, el Colombiano y el Peruano, lograron regresar del centro de la ciudad, conocido como el Zócalo, solos por primera vez. Tuvieron que elegir entre dos alternativas: Regresar al hotel con todo el grupo y seguir con la venda en los ojos, o quedarse un rato más en el centro, caminando por las aceras que estaban siendo salpicadas por la lluvia. Caminaron entre cafés y tiendas de departamentos, entrando de vez en cuando a alguna tienda de instrumentos musicales. El argentino comenta que existe en esta ciudad una tienda que vende, ella sola, el equivalente a todo lo que compran en instrumentos musicales todos los demás países latinoamericanos juntos. El colombiano, que es un aficionado a la batería anda mirando un juego de platillos, y yo ando mirando guitarras y ojeando una que otra partitura.

Regresamos por el camino que habíamos andado dirigiéndonos hacia el palacio de Bellas Artes, una vez allí, buscamos la estación del metro que en este punto es subterránea. El plano de la red de recorridos nos indicó que tendríamos que hacer un trasbordo tres estaciones adelante y que después de dejar nuestra última estación en frente de la Ciudad Deportiva, tendríamos que tomar un microbús hacia el hotel. Una “pesera”.

Todo salió como lo habíamos planeado, salvo la excepción que tuvimos que esperar casi diez minutos que aparezca sobre la calle oscura y casi desierta, mientras luchábamos contra nuestros temores y huíamos de nuestras dubitaciones, al microbús que nos dejaría en cinco minutos sobre el paso a desnivel que se encuentra enfrente de la puerta del hotel.